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Tecnonacionalismo y fundamentalismo de mercado

 

Muy interesante el artículo Who Will Lead in the Age of Artificial Intelligence, publicado en Forbes. Todo parece indicar que, del mismo modo que la electrificación y la producción en masa propulsó el liderazgo de EEUU hace un siglo, quien consiga industrializar la inteligencia artificial (AI) será la superpotencia dominante en las próximas décadas. Y China es, seguramente, la mejor posicionada para ello.
Para Kai-Fu-Lee, ex director de Google en China, y uno de los más conocidos expertos mundiales en AI, los próximos años serán de intensa competición (una especie de duopolio) entre China y Estados Unidos por el control de la nueva tecnología. Y ganará China, país que ha sabido combinar en una “sinergia productiva” las políticas gubernamentales y las fuerzas de mercado. “China no sólo tiene capacidades comerciales superiores en AI, sino, lo más importante, tiene una estrategia nacional coherente”.  También tiene billones de datos, de su inmensa población, para entrenar los algoritmos.
Mientras, Estados Unidos cuenta con investigación de élite y empresas líderes. Pero éstas operan globalmente, y sus estrategias no tienen el objetivo de crear y distribuir valor territorial. Los recursos están fragmentados y no existe un liderazgo político para la industrialización de la AI.  El gobierno chino, por el contrario, desea industrializar esa nueva tecnología en beneficio de su país, diseñando una estrategia orientada a conquistar el liderazgo tecnológico y económico mundial, en una especie de “tecno-nacionalismo” que está dando resultados claros.

Según el artículo de Forbes, en Estados Unidos, y en economías que se inspiran en el modelo americano, rige una especie de “fundamentalismo de mercado” que dificulta alinear la innovación con la prosperidad nacional, e inhabilita la captura del valor creado por las propias fuentes locales de conocimiento financiadas con el esfuerzo público. A ese fundamentalismo, inspirado en la teoría económica neoclásica, se ha opuesto intelectualmente la profesora Mariana Mazzucato, reclamando el papel emprendedor del estado y la necesidad de que éste soporte la innovación nacional en todas las fases de las cadenas de valor industriales: desde la creación de nuevo conocimiento hasta la absorción del mismo y la creación de nuevas ventajas competitivas empresariales. Mazzucato postula que los gobiernos deben fomentar la I+D orientada a la solución de retos económicos y sociales, como son la construcción de industrias del conocimiento, o la lucha contra la desigualdad o el cambio climático. Esa es la mejor política de fomento del empleo y de desarrollo de estados del bienestar. Sólo así un país puede prosperar en un mundo inmerso en una revolución tecnológica sin precedentes, que está cambiando las reglas del juego de la geoestrategia global.

Nuestro sistema de innovación está pensado por académicos y para académicos. Es, realmente, un sistema científico, no propiamente de «innovación», pues se centra en la generación de conocimiento, no en la explotación con éxito del mismo (definición de innovación). Y sufre de un notorio fundamentalismo de mercado: el conventional wisdom, derivado de años de corrientes intelectuales que han concebido la economía como la física de partículas, sigue suponiendo que cualquier intervención en la dinámica espontánea de mercado es como contaminar un ecosistema natural, inherentemente puro. La mano invisible de Adam Smith seguirá agregando millones de decisiones individuales en una gran fuerza positiva que propulsará nuestras economías hacia la deseada prosperidad. Cualquier intento de dotar de dirección esa mano invisible viene a ser como una alteración de las fuerzas puras de la naturaleza. Sin embargo, no es sólo la mano invisible de Adam Smith, ni las fuerzas libres de la naturaleza, las que guían hoy las economías de los países líderes en innovación. Más bien son políticas bien orientadas de ciencia, tecnología e industria, que tienen como objetivo crear sólidos ecosistemas innovadores e industrializar rápidamente las nuevas tecnologías para crear competitividad nacional, empleo de calidad, crecimiento económico y prosperidad compartida.
El diseño de nuestro sistema de apoyo a la innovación parte de un foco estratégico en la investigación (como fin en sí misma), y una aversión a cualquier política de soporte directo a empresas. Por tanto, se hace investigación (y muy buena), sin problemas a que ésta se desarrolle en entornos públicos (no “contaminados” de mercado), pero con aversión intelectual a desplegar instrumentos de apoyo a la investigación industrial (para no “contaminar” la dinámica natural de mercado). Al fin y al cabo, el “buen empresario”, de forma natural, ya se acercará a las fuentes de conocimiento. El resultado es un sistema extremadamente generoso: con nuestros impuestos creamos conocimiento público (en ocasiones, excelente), que ponemos con altruismo a disposición de la comunidad internacional (publicándolo en revistas científicas), y que en muchas ocasiones es aprovechado por empresas competidoras internacionales. Un sistema que crea conocimiento y talento, pero debe exportarlo porque no se han desplegado actuaciones complementarias de absorción del mismo.
No es cuestión de tecno-nacionalismo agresivo, pero tampoco de ingenuo fundamentalismo de mercado.  Probablemente, como postuló Aristóteles, en el justo medio está la virtud. Pero parece claro que aquéllos países que han sabido generar conocimiento, e intentar en primer lugar que sea la industria local la que lo aproveche, cree ventajas competitivas y empleo de calidad, son aquellos que ascienden en la escalera de la prosperidad.

 

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