
Acaba el periodo histórico que se inició con la Revolución Industrial y concluyó con la Globalización. Estamos en la Era Tecnológica. Hoy, 9 de las 10 empresas más grandes del planeta son corporaciones tecnológicas, con valoraciones que oscilan entre el billón y los cuatro billones de dólares. Entre ellas, las “7 Magníficas” (Apple, Microsoft, Nvidia, Google, Amazon, Meta, y Tesla). El valor de mercado agregado de esas empresas iguala el PIB de la Unión Europea. Por detrás, ascienden otros dos gigantes tecnológicos: Broadcom y Taiwan Semiconductores (TSMC), también vinculados a la cadena de suministro de la inteligencia artificial (IA). Una increíble masa crítica de poder se ha acumulado en la cima de la economía global, en manos de unas pocas megacorporaciones digitales, la mayor parte inexistentes o irrelevantes al doblar el siglo, y con estrategias muy enfocadas en la IA. Hagamos un breve repaso:
Apple: Es todavía la empresa más rica del mundo. Con una apuesta por la integración de la IA en sus dispositivos, todavía depende en gran parte del iPhone, que es ya un producto muy maduro. Su CEO, Tim Cook es un genio de la cadena de suministro y la excelencia operativa.
Microsoft: El viejo titán sigue en la cima. Su líder, Satya Nadella es quizá el directivo tecnológico más calculador y visionario del momento. Supo apostar anticipadamente por la IA generativa, invirtiendo en OpenAI (creadora de ChatGPT). La lucha insomne entre Apple y Microsoft, que dura medio siglo, se decide hoy en el hiperespacio de la IA.
Nvidia: La empresa revelación. Su valor se ha multiplicado por 10 en 2 años. Si la IA se adopta masivamente con conexión a servidores remotos, y no aparece un competidor en el horizonte, su mercado de procesadores especializados en IA parece infinito.
Google: Perdió posiciones momentáneamente ante el ataque disruptivo de ChatGPT, pero su poder tecnológico y control de datos masivos anticipan un futuro de crecimiento. Desarrollos como “Willow” (chip cuántico de última generación), o la tecnología de DeepMind (empresa filial, pionera en IA, cuyos investigadores han ganado el reciente Nobel de Química), evidencian que está creando capacidades muy sólidas en física y ciencia de computación.
Amazon: Una empresa que explora y escala nuevas ideas de forma sistemática. Pionera en innovar en la computación en la nube, con Amazon Web Services.
Meta: La antigua Facebook sigue reinando en el universo de las redes sociales, con penetraciones importantes en colectivos jóvenes y adolescentes (Instagram). También en la carrera de la IA generativa, con modelos de lenguaje abiertos como Llama
Tesla: Con ímpetu renovado, dirigida por un hiperactivo Elon Musk, ahora muy próximo al poder político (lo que anticipa un momento de desregulación y efervescencia tecnológica en la economía americana). Musk reinventó la industria del automóvil, puede hacer lo propio con la del espacio (con Starlink y SpaceX), y tiene grandes planes con sus robots humanoides Optimum, controlados por cerebros de IA. Construye supercomputadores para dominar la conducción autónoma, y desarrollar sus propios modelos de lenguaje. Desde su red social X (antigua Twitter) ejerce influencia en la opinión pública global.
Son siete empresas dirigidas por ingenieros y científicos de datos, tan creativos como audaces y ambiciosos. Siete empresas cuyos laboratorios de I+D controlan ámbitos de la ciencia fundamental, algo hasta ahora reservado a los gobiernos. Sus tecnologías tienen capacidad de transformar la totalidad de los sectores económicos. Las 7 Magníficas configuran un oligopolio que, con seguridad, va a expandirse todavía más en la era Trump. Nunca tan pocos tuvieron tanto poder sobre tantos. El mundo se ha fragmentado, no solo en un eje horizontal Oeste-Este (EEUU vs China), sino también en un eje vertical, entre unas pocas compañías que acumulan un incalculable poder tecnológico y financiero; y el resto, que dependerán de un modo u otro de las primeras.
¿Por qué en Europa no hay Googles, o Microsofts? ¿Por qué no aparecen emprendedores tecnológicos como Steve Jobs o Bill Gates, con visiones transformadoras de alcance global? Europa no se ha preocupado de acumular capital tecnológico. No ha diseñado un ecosistema ágil y conectado que fomente la aparición y escalado de tecnologías disruptivas mediante universidades de excelencia, proyectos tractores estratégicos, mercados financieros eficientes y agresiva cultura emprendedora, como ocurre en EEUU. Europa, cuna de la revolución industrial está perdiendo la revolución tecnológica. Los datos de los europeos están en manos de las 7 Magníficas. Los entregamos a cambio de los servicios que nos prestan. ¿Qué sería de nosotros sin Google, sin Windows, o sin la logística de Amazon? La IA nos llega desde servidores remotos en EEUU (¿habrá un ChatGPT europeo?). La industria automovilística europea languidece por la irrupción de vehículos eléctricos según el patrón Tesla. Nuestros sistemas energéticos, sanitarios, industriales, financieros o de seguridad y defensa dependen de inteligencia digital extranjera. Es como si, en la era industrial, todas las infraestructuras de transporte (carreteras, autopistas, puentes, buques y sistemas ferroviarios), energéticas (centrales hidroeléctricas y térmicas; y redes de distribución), maquinaria productiva (máquinas de vapor, telares, tornos y fresadoras), vehículos y logística de transporte, todo, absolutamente todo perteneciera a un país extranjero que nos hiciera pagar licencias por su uso; y que lo pudiera volatilizar simplemente apretando un botón. Seríamos algo así como una insignificante colonia.
Esa es la situación de Europa al inicio de 2025, en medio de una EEUU en pleno boom industrial tecnolibertario, y una China que planifica su futuro como tecnoestado-IA. El plácido mundo en que nacimos ya no existe. Necesitamos un cambio radical, muy urgente. Hay que dejar de titubear, liberalizar y facilitar al máximo las actividades innovadoras, destinar recursos masivos a la I+D, integrar los mercados financieros, reducir drásticamente la burocracia y consolidar una educación de excelencia. Eso, o la irrelevancia.
(Artículo original publicado en La Vanguardia. Imagen de ChatGPT)