En 2015, el think tank norteamericano Brookings publicó el informe «Lecciones desde Alemania: Habilidades y estrategias para reforzar la manufactura de EEUU”. En ese momento, Alemania era un referente. La industria norteamericana estaba sufriendo una grave crisis. Se habían perdido 6 millones de empleos, básicamente a causa de la automatización y la deslocalización de actividades a Asia. La desigualdad, las tensiones sociales y el empobrecimiento de las clases medias anticipaban la llegada de políticos extremistas. El presidente Obama, preocupado, consideraba Alemania el modelo económico e industrial a seguir. Ese país era un ejemplo de cooperación público-privada, con un sistema de I+D muy orientado a reforzar la competitividad industrial. Según la revista Nature, Alemania era el país más eficiente en transferir investigación científica a la industria. Gozaba de un modelo de educación dual con una formación profesional de calidad, que nutría a la industria de los técnicos necesarios para mantener su potencia exportadora. Se cernían ya algunas sombras: ese mismo año, The Economist, en su artículo “¿Alemania se digitaliza?”, alertaba sobre la lentitud del gigante germano en adoptar tecnologías digitales. Pero mientras EEUU catapultaba rápidamente startups a la estratosfera, con sus rápidos y sofisticados mercados financieros, Alemania llevaba ventaja por el equilibrio social de su modelo. Su sólida base industrial garantizaba la creación de empleo de calidad. Mantenía clústeres territoriales distribuidos, nutridos de campeones ocultos (“hidden champions”, empresas pequeñas y medianas, especializadas y exportadoras, que generaban sólidas clases medias). En 2015 Facebook (hoy, Meta) tenía ya una capitalización bursátil superior al de la suma de Daimler, Siemens, BMW, y Volkswagen juntas, pero eso parecía una aberración: por cada dólar de inversión financiera los gigantes industriales germanos creaban 15 veces más empleo que las grandes plataformas digitales americanas.
Hoy, el modelo alemán está cuestionado. ¿Está Alemania “kaput”? Esta es la tesis del periodista alemán Wolfgang Münchau en su reciente libro homónimo. La dependencia del gas ruso, la emergencia de China como potencia competidora, y la debilidad en la transformación digital de sus industrias así lo evidencian. Ciertamente, Alemania falló en su aproximación a la transición digital. En automoción, no se trataba de incorporar sensores a la compleja mecánica de motores, levas y transmisiones. Se trataba de poner ruedas a un PC. La ingeniería de precisión germana no supo desarrollar inteligencia digital autónoma. Volkswagen, la empresa con mayor presupuesto de I+D del planeta hasta 2017, con más de 12.000 millones anuales de inversión, no desarrolló las baterías de Tesla o los nuevos modelos de movilidad de Uber. Hoy, un gigante digital, Amazon, ha tomado el relevo como la empresa más intensiva en I+D: declara invertir más de 80.000 millones anuales (por cierto, el conjunto de la economía española, a nivel público y privado, y en todos los campos de la ciencia y la tecnología destina cuatro veces menos). Alemania quedó atrás en digitalización, y cuenta con un silencioso enemigo interno, netamente europeo: la lenta y espesa burocracia, que puede ser conllevada por grandes corporaciones, pero asfixia a la ciencia y a las startups, que requieren rapidez y flexibilidad
Alemania está débil, pero no está muerta. Oigo voces que afirman que el fallo del modelo alemán se debe al exceso de industria (como contrapunto al déficit de digitalización). Hay quien dice que la pesada inercia de las viejas industrias, y la falta de desarrollo de ecosistemas de startups digitales han condenado a Alemania. No lo creo. Es urgente digitalizar la industria (especialmente en ámbitos como la IA). Pero no volvamos a creer que el futuro de Europa pasa por adolescentes en chanclas participando en concursos de ideas digitales. El legado industrial alemán, la presencia de potentes clústeres territoriales, y el dominio de la ingeniería o las tecnologías químicas (tan necesarias, para la farmacia, la biotecnología o la sostenibilidad) son una base formidable para seguir liderando en un mundo que se repliega sobre sí mismo. Necesitaremos una potente industria europea, especialmente en un momento de exigencia de autonomía estratégica y de retorno de las cadenas de suministro. Y Alemania dispone de ella.
Ahora Europa reactiva su necesidad de seguridad y defensa, y eso abre nuevas oportunidades industriales. Sin embargo, el planteamiento del plan ReArm Europe me parece la enésima ingenuidad de la UE. Quizá podemos fabricar nuevos acorazados con el mejor acero alemán. O aviones de combate Eurofighter con materiales ultraligeros. Pero si dependemos de chips electrónicos que vienen de Taiwan o EEUU, esos dispositivos no pasan de ser juguetes inútiles. Hay oportunidades industriales, sí, pero para desarrollar una industria de defensa realmente válida hay que liderar la IA y la tecnología de drones, desarrollar cadenas de suministro íntegras de chips (del laboratorio a la fábrica), disponer de redes 5G/6G propias, asegurar el aprovisionamiento de fármacos y química avanzada, y aglutinar la mejor investigación en nanotecnología, tecnología cuántica y criptografía, entre otras. Hay que reindustrializar Europa con visión a largo plazo, creando una densa tecnoindustria, sin someternos a las modas coyunturales. Sin una gigantesca inversión en I+D, la defensa europea será pura cosmética.
En 1995, Madrid, Barcelona o Munich estaban en mejor disposición para desarrollar cadenas de semiconductores que Taiwan o Corea del Sur. Europa perdió la tecnología digital a medida que ésta se expandía desde la fabricación de chips a las redes de comunicaciones y, posteriormente a la IA. Las políticas de innovación se convirtieron en meros concursos de ocurrencias, más que en iniciativas estratégicas y a gran escala de inversión sistemática en tecnologías disruptivas. El nuevo escenario geopolítico nos ofrece una nueva oportunidad. Alemania no está kaput. Europa, tampoco. Pero cada vez nos queda menos tiempo para pasar de las palabras a los presupuestos.