Tuve la oportunidad de participar en un interesante ejercicio de prospectiva sobre el futuro de la educación en la era de la IA. Ante una tecnología tan profundamente transformadora, es tan importante saber lo que va a cambiar como proteger aquello que debe conservarse. El consenso fue claro: no podemos renunciar a lo básico. El objetivo del proceso educativo no será ahora producir ciudadanos ociosos y desvinculados de la realidad. Ni formar únicamente hiperespecialistas en tecnologías complejas. Los objetivos de aprendizaje deben seguir siendo los mismos que han guiado la educación, al menos, desde la Ilustración: formar personas competentes y socialmente comprometidas.
En un mundo en el que nos preguntamos qué sentido tiene enseñar si las máquinas podrán hacerlo todo —calcular, programar, escribir ensayos o poemas, desarrollar experimentos científicos, editar vídeos o componer canciones—, debemos preservar lo esencial: formar ciudadanos libres y capaces, dotados de pensamiento crítico y creatividad. No podemos renunciar a ello. No podemos caer en la trampa de pensar que es posible externalizar toda tarea cognitiva a una IA, a riesgo de formar analfabetos funcionales y alumbrar una nueva “clase inútil”, en palabras del filósofo Harari: una masa de individuos incapaces de adaptarse y prosperar en una era dominada por tecnologías disruptivas.
Existe un cierto consenso sobre cuáles serán las capacidades necesarias para desenvolverse con éxito en el mundo de los próximos años. El pensamiento crítico (la capacidad de discernir, contextualizar, cuestionar y tomar decisiones informadas) será esencial. También lo será la creatividad (no entendida como talento artístico, sino como la facultad de recombinar ideas, generar alternativas, explorar lo posible y formular soluciones originales ante situaciones nuevas).
Pero la base del pensamiento crítico y la creatividad es el conocimiento. No se puede tener pensamiento crítico sobre política sin conocer los procesos históricos que configuran el presente. Nadie puede tener juicio válido en economía si desconoce conceptos básicos como inflación, deuda o productividad. Nadie puede opinar con criterio sobre cambio climático si no comprende el sentido de las evidencias o la diferencia entre causalidad y correlación. Tampoco nadie puede formular visiones acertadas sobre el impacto y el alcance de la IA si ignora los fundamentos matemáticos y estadísticos que la sostienen. Sin ellos, la IA puede percibirse como algo mágico o amenazador, pero no es objeto de comprensión racional. Para usar una tecnología, hay que saber de dónde viene y cuáles son sus bases. Además, para tomar decisiones en un contexto dominado por la IA, debemos comprender los fundamentos filosóficos de lo humano: ¿qué es lo correcto, o qué es lo justo? En cualquier ámbito de la vida, sin un profundo sustrato de conocimiento generalista, acabamos dominados por la mera opinática o, sencillamente, manipulados por otros.
Por eso, la educación no puede renunciar a dotar a los ciudadanos de sólidos conocimientos generalistas. Al contrario: debe reforzarlos y revalorizarlos, ahora más que nunca. No se pueden tener ideas nuevas sin conocer las ideas viejas. Precisamente por eso hay que reivindicar aquello que tradicionalmente llamábamos “cultura general”. Cuando Steve Jobs hablaba de connecting the dots (conectar los puntos) como base del proceso creativo, olvidamos a menudo una condición previa: primero hay que tener puntos que conectar.
Cambiarán los métodos y los procesos. Educaremos utilizando simuladores para la toma de decisiones complejas. Realidad virtual para comprender fenómenos históricos o sociales (¿qué tal asistir en directo al asesinato de César, o dar un paseo inmersivo por la Inglaterra de la Revolución Industrial?). Interactuaremos con bots de IA que adoptarán el rol de tutores o adversarios intelectuales en debates sociales o filosóficos. La educación será más experiencial, interactiva y personalizada. Habrá menos transmisión pasiva por parte del profesor y más exploración guiada mediante apps digitales. Con ello, nos liberaremos de la memorización y fomentaremos una comprensión más participativa y más profunda. Pero no podemos renunciar a lo fundamental: disponer de una visión generalista y crítica del mundo.
Un domingo por la tarde, hace poco, mi hijo (17 años) me pidió que le ayudara a resolver un problema de física. Una persona lanzaba un cohete y, al cabo de unos segundos, escuchaba su explosión. Había dos movimientos implicados: el ascenso del cohete y la propagación del sonido en su descenso. El ejercicio consistía en calcular la velocidad de salida y la altura máxima alcanzada. Soy ingeniero. Hace treinta años dominaba las ecuaciones que rigen esos fenómenos. Hoy, resolver ese problema me habría supuesto no menos de dos horas de trabajo para recordarlas y resituarme. Le pedí a mi hijo que hiciera una foto de su cuaderno de ejercicios y preguntara a ChatGPT. El sistema —multimodal, capaz de interpretar texto inserto en una imagen, y con cadenas de razonamiento— ofreció de inmediato una explicación detallada, paso a paso, de cómo resolver el problema.
Me parece un magnífico caso de uso de la IA en educación: libera productividad (yo no pierdo horas en reactivar conocimientos dormidos), mi hijo dispone de un tutor digital a coste marginal cero (al que puede preguntar indefinidamente: “explícamelo mejor”, “¿por qué usas esta fórmula?”, “yo lo he hecho así, ¿por qué es incorrecto?”) y, por supuesto, se examinará sin la ayuda de la IA. ¿Empobrece esto el proceso educativo? En absoluto. Al contrario: lo enriquece hasta extremos inimaginables hace apenas unos años.
En plena revolución digital, debemos aprovechar en nuestro beneficio la potencia sin precedentes de la tecnología, pero sin renunciar a lo fundamental: formar personas libres, conscientes (con conocimiento propio y del entorno), competentes (con capacidades técnicas para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo), comprometidas (orientadas a la acción y no solo a la reflexión pasiva) y compasivas (sensibles a los problemas humanos).
Si lo hacemos bien, la IA no nos sustituirá: nos aumentará.