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4 preguntas fundamentales

La ciencia trabaja en red. Hoy, cualquier avance en la frontera del conocimiento humano es comunicado inmediatamente a través de la conexión informática global, y se propaga a la velocidad de la luz a toda la comunidad científica, que construye en tiempo real sobre el mismo. Me apasiona el avance de la ciencia, como antesala del desarrollo tecnológico y del posterior progreso económico y social. Nos encontramos en una revolución tecnológica sin precedentes. Y, buceando en los nuevos avances científicos, he dado recientemente con una conversación en Google Talks con Carlos Frenk, uno de los físicos cosmólogos más importantes del momento, Director del Institute for Computational Cosmology de la Universidad de Durham. Según Frenk, “hay hoy más científicos vivos que muertos”. Más investigadores sobre la faz de la tierra que los que han pasado por la historia de la humanidad. Y todos ellos están conectados, desbordando los límites del conocimiento humano a velocidades nunca vistas, y generando nuevos avances considerados imposibles hasta hace muy poco.

Pero la charla de Carlos Frenk sobre el cosmos (y otras que he visionado recientemente sobre los mismos temas) me ha devuelto a los orígenes. Me ha llevado a plantearme aquello que quizá no sea resuelto jamás. Me ha inspirado y me ha hecho a pasar revista a algunas de las fascinantes preguntas que la ciencia no ha llegado todavía a responder. Preguntas profundas que inducen a reflexiones trascendentes. Entre ellas:

¿Por qué existe el universo? ¿Por qué existen entes como el tiempo, el espacio, la materia, la energía o la luz? ¿Por qué existe algo en lugar de, simplemente, nada?

¿Por qué existe la vida? Si existe un universo (o varios, o quizá infinitos), ¿por qué en el nuestro y, concretamente en un planeta remoto llamado Tierra, de una galaxia recóndita llamada Vía Láctea, se originó la vida? ¿Por qué un conjunto de compuestos químicos inertes, súbitamente, se combinan y se autorreplican? Para ello, necesitan obtener y transformar recursos externos. Para lograrlos, empiezan a competir y a especializarse. Y, a lo largo de 4.000 millones de años de prueba y error en las copias del código vital básico (el ADN), la vida se expande a la práctica totalidad de los nichos ecológicos del planeta. Somos la consecuencia de una concatenación de trillones de trillones de trillones de casualidades. La probabilidad de nuestra existencia es prácticamente nula. Centenares de miles de antecesores han tenido que reproducirse en cadena, llegando a nosotros, entre infinitas posibilidades genéticas en cada paso. Cada uno de nosotros somos un increíble desafío a las leyes estadísticas. Pero, ¿tendría sentido un universo sin vida en él? ¿tendría sentido un universo sin nadie ni nada que lo percibiera? ¿existiría ese universo?

¿Por qué se genera la consciencia? Existe el universo. Existen formas de vida. Existen los humanos, con un increíble computador biológico en su caja craneal: el cerebro, la máquina más sofisticada que ha generado la evolución. Pero esa máquina no es más que un cúmulo de 100.000 millones de células llamadas neuronas, cada una de las cuales es, por sí sola, inconsciente. Y, sin embargo, de la nada, de la suma conectada de inconsciencias, surge paradójica y sorprendentemente la consciencia. Un cúmulo de células, materia viva formada de materia inerte, genera un yo. Se da cuenta de que existe, y de que existe un contexto al propio “yo”. ¿Somos algoritmos biológicos? ¿Somos máquinas celulares? ¿O existe algo superior, intangible y quizá inmortal llamado alma? Porque si sólo somos máquinas biológicas, el progreso científico y tecnológico creará en menos de dos décadas máquinas digitales con mayor densidad de conexiones que el propio cerebro. ¿Emergerá entonces una consciencia, de esas máquinas? ¿Se dará cuenta, una máquina, de que existe? La ley de desarrollo de procesadores, la ley de Moore, quizá llegue a explicarnos si somo sólo máquinas, o si jamás, ninguna máquina, será como nosotros.

¿Por qué existen leyes universales? Las entidades que forman el universo (fundamentalmente tiempo, espacio, energía, masa y luz) están relacionadas por leyes matemáticas inmutables, universales, y sorprendentemente sencillas y bellas. Leyes como la de la gravedad o la de la relatividad. El propio Einstein sintetizó la teoría de la relatividad a partir de intuiciones, no a partir de evidencias o medidas empíricas (que llegaron después). El tiempo, el espacio o la masa de una partícula dependen de su velocidad. Imaginó que debía ser así, porque con ello elaboraba una teoría elegante y coherente que explicaba el funcionamiento del universo. Lo plasmó en ecuaciones matemáticas. Y, efectivamente era así. Sorprendentemente, no sólo podemos explicar el universo con una serie de fórmulas matemáticas, sino que éstas se cumplen siempre y en todo lugar. Y, además, quizá lo más insólito, es que son comprensibles. El universo podría ser caótico y/o de tal complejidad que ninguna consciencia coherente pudiera explicarlo. La ley de la gravedad podría variar aleatoriamente cada día. Pero no es así: el universo es ordenado, predictible y tenemos la increíble capacidad de comprenderlo.

Preguntas muy profundas, a las que llego, además, después de una fascinante visita al centro jesuita de La Cova de Manresa, donde se origina el pensamiento ignaciano. Un reencuentro conmigo mismo. Momentos de reflexión, de transcendencia, de ciencia y de filosofía. Preguntas que también todo directivo debe plantearse.

Artículo publicado inicialmente en ESADE Do Better

One response to “4 preguntas fundamentales

  1. No se de donde venimos. Desde luego somo el resultado de una cadena de casualidades altamente improbables, como nos recordaba Carl Sagan hace unas décadas.

    Pero ¿a donde vamos? Yo no soy optimista respecto a la Inteligencia Artificial. Cuando estaba haciendo mi tesis doctoral en CMU hace 40 años se suponía que iba a ser la siguiente revolución. Y aquí estamos, rodeados de algoritmos heurísticos muy espectaculares, pero que de inteligentes no tienen nada.

    Pero … ¿Y si estuviese equivocado? Ray Kurzweil, afirma que en 2045 sucederá una singularidad que cambiará el curso de la humanidad: la inteligencia de las máquinas superará a la de los humanos. Además, como la evolución tecnológica seguirá permitiendo que las prestaciones de la propia tecnologia sigan mejorando exponencialmente, el tema no acaba ahí. ¿Qué ocurrirá a partir de ese momento?

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