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¿Punto de inflexión?

La pandemia ha supuesto un importante punto de inflexión en la lógica global de los negocios, del cual quizás poca gente es consciente. Hacia final de los noventa, con la llegada de internet, se impuso una visión de la economía según la cual los ciclos económicos se habían acabado. La globalización nos llevaba a un mundo estandarizado bajo los paradigmas de la economía de mercado y la democracia liberal; e internet extendía y democratizaba el acceso a un recurso estratégico y, hasta el momento, escaso: la información. Avanzábamos hacia un capitalismo de competencia perfecta, que no pararía de generar riqueza, sin oscilaciones. Todos los países, a la larga o a la corta, convergerían en un modelo similar al de los Estados Unidos.

La realidad es que este capitalismo de mercado se convirtió en un duro capitalismo financiero cortoplacista que ha estallado tres veces en veinte años. Las dos primeras, por una peligrosa híper-financialización de la economía. La tercera, de forma inesperada, por una pandemia casi medieval. Efectivamente, en 2000, con la burbuja «dot.com», el sistema financiero estalló por un exceso de expectativas sobre una tecnología disruptiva emergente que estaba cambiando el mundo (internet) -¿recordáis las acciones de Tierra Networks a 150 $?-. En 2008 el nuevo estallido se debió, en parte, a una reverberación de la primera crisis por un exceso de liquidez y una política económica temeraria que incentivaba el endeudamiento y la especulación, especialmente en el sector inmobiliario. Una economía que parecía que no tenía que sufrir más oscilaciones, de hecho, no ha dejado de oscilar (casi compulsivamente) en las últimas dos décadas.

Los inversores en bolsa están ahora desconcertados. ¿Está el mercado en una especie de irracionalidad inexplicable? No lo creo. Los viejos métodos de valoración de empresas fallan sistemáticamente. Durante los primeros veinte años del siglo XXI, los analistas financieros y económicos (y, en general, los mercados) no han sabido interpretar el valor real de las empresas. Básicamente, porque han utilizado viejos métodos de valoración, inadaptados a la era de la disrupción tecnológica. ¿Cuál es el valor de un banco, por ejemplo, si de repente Facebook o Google pueden convertirse en entidades financieras y competir con capacidad de inteligencia artificial y digitalización inimaginable para la banca tradicional y borrar esa entidad del mapa en semanas? ¿Cuál es el valor de una marca de distribución física cuando Amazon merodea en su sector? ¿Cuál es el valor de una automovilística cuando Tesla, y la convergencia del vehículo eléctrico, compartido, conectado y -posiblemente- autoconducido- han triturado la lógica competitiva del automóvil? ¿Podemos valorar una compañía -como antes- por sus instalaciones, sus activos y ratios financieros, la experiencia de sus directivos y los resultados históricos? Todo ello es mirar al pasado. Los resultados anteriores, el balance, su talento directivo y sus activos físicos están permanentemente amenazados ante una disrupción súbita, ante una nueva compañía o startup que cambie inesperadamentela lógica económica del sector y sea propulsada por rápidos fondos de capital riesgo.

El futuro sólo tiene un driver: la tecnología. Y los mercados financieros apenas ahora empiezan a entenderlo y saber valorar la tecnología. Si hasta ahora los mercados financieros lo han valorado todo, menos la tecnología; quizás a partir de este momento el valor financiero de las empresas se mida básicamente en función de su intensidad de conocimiento y sus capacidades tecnológicas.

Hay un cambio estructural en todo lo que está pasando. Se propulsan a la estratosfera las empresas basadas en conocimiento (las verdaderas deep-tech), y éstas sustituyen progresivamente los antiguos líderes y tensan de los índices bursátiles a la alza. De hecho, la Covid-19 ha acelerado la emergencia y supremacía de un nuevo tipo de empresa: la empresa-plataforma tecnológica. Los mercados financieros, hoy, están propulsados por empresas construidas alrededor de grandes plataformas tecnológicas, con sólidos fundamentos de conocimiento y talento tecnológico. Apple acaba de superar los dos trillones de dólares de valor financiero (billones europeo). Microsoft y Amazon le siguen de cerca. Google, Facebook y Alibaba van detrás. Tesla casi multiplica por 10 el valor de hace un año, y no para de batir récord tras récord. ¿Qué pasará cuando Tesla tenga, no unas pocas, sino centenares de gigafactorías por todo el mundo, y complemente su modelo de negocio de vehículos con software, entretenimiento digital dentro del vehículo, y almacenamiento energético en el hogar o a la industria, entre otros? Hoy Tesla vale ya el doble que Toyota. ¿Cómo valorar Toyota, Ford o Volkswagen cuando en el escenario irrumpe un Tesla? Quién controla las tecnologías disruptivas, controla el futuro.

Un nuevo tipo de empresa, y un nuevo tipo de management ha llegado (seguramente para quedarse): aquella que está construida alrededor de un núcleo de conocimiento (cada vez más profundo), y sabe desarrollar modelos de negocio en diferentes sectores, pivotando sobre este núcleo de conocimiento (recordemos el lema de Google: «AI First»). Si hasta ahora una empresa se valoraba por sus activos (fábricas, maquinaria, inversiones), por sus resultados históricos, por su prospectiva de mercado o por sus ratios de endeudamiento o solvencia, en el futuro inmediato, la valoración de las empresas dependerá fundamentalmente de su núcleo de talento y su tecnología.

¿Es el fin del management financiero clásico y el inicio de la era del management tecnológico?

(Mayores empresas por capitalización, de https://www.dogsofthedow.com/largest-companies-by-market-cap.htm:)

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