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Un blog para los apasionados de la Innovación 6.0

Autoridad, poder, y fake news

La revolución tecnológica libera recursos, muchos de ellos considerados estratégicos hasta hace muy poco tiempo. Sorprendentemente, parece que avanzamos hacia un mundo capaz de suministrar de forma casi infinita recursos hasta ahora escasos: información, alimentación (mediante nuevas técnicas como la carne lab-grown), energía (las renovables llegan a límites considerados imposibles hasta hace poco)… No está claro cómo se gestiona una economía de la abundancia. Los fundamentos de la economía, tal y como la conocemos hoy, se basan en leyes de competencia por recursos escasos. ¿Qué pasaría si tuviéramos de todo para todos?

Desafortunadamente, pese a las inmensas posibilidades de la tecnología, la resultante de dinámicas de coste marginal cero (que llevarían a un teórico suministro ilimitado de productos y servicios a coste residual) parece ser un mundo que concentra beneficios en unos pocos, y distribuye desigualdad y precariedad a demasiados. Lo que es cierto es que con las nuevas dinámicas de abundancia, los equilibrios de autoridad y poder están cambiando de forma imperceptible pero terriblemente transformadora.

¿Qué pasa cuando un alumno, por ejemplo, dispone de más información que un profesor? Hace poco más de una década, el profesor era el propietario de la información (recurso estratégico). Los alumnos tenían que escuchar, o perdían el acceso a dicho recurso (y suspendían). El control del recurso daba al profesor no sólo autoridad (debida a su experiencia y conocimiento), sino también poder (el recurso era dosificado, y su suministro -o no- ejercía poder coercitivo sobre el alumno). Ahora, ante un profesor se sientan varias decenas de alumnos conectados en tiempo real a toda la información del planeta (a través de sus PCs), y conectados también entre ellos. El profesor está en inferioridad de condiciones. No puede afirmar nada que no sea absolutamente cierto (pues los alumnos lo estarán contrastando en tiempo real). El alumno, en ese momento, tiene más información que el profesor, y más actualizada. La autoridad del profesor queda anulada, y su poder se desvanece. El cambio del modelo de gestión es imperativo: el profesor debe dejar de impartir clase mediante simple suministro de información, y actualizar la metodología, intentando generar conocimiento a partir de la información preexistente, filtrando aquélla que sea relevante de la que sea accesoria. Y, en lugar de un emisor de información, debe convertirse en un conductor de dinámicas de reflexión y solución de problemas en entornos dinámicos e interactivos.

Este balanceo del poder aparece en múltiples campos. La absoluta democratización de la información tiene importantes efectos colaterales. ¿Qué pasa cuando un paciente (que, preocupado, ha leído todo lo relativo a su dolencia) tiene más información que un médico? ¿Qué pasa cuando los consumidores (que bucean en los comentarios de las redes sociales) tienen más información de las marcas que las propias marcas? ¿Qué pasa cuando hoteles y restaurantes deben estar más pendientes de los comentarios de los usuarios en Google que de sus certificaciones de calidad? ¿Qué pasa cuando los electores saben más de los partidos (a través de informaciones de investigación sobre sus dirigentes) que los mismos partidos políticos? ¿Qué pasa cuando niños o adolescentes tienen más acceso a contenidos sexuales digitales que sus padres? ¿Qué pasa cuando los empleados tienen más información sobre la empresa (tendencias de mercado, acceso a registros mercantiles, comentarios de clientes en redes sociales, informes de consultoría) que los directivos? ¿Qué pasa cuando el soldado de línea tiene más información -sobre el terreno y de contexto a través de sistemas electrónicos- que el general?. En todos los casos, las estructuras de poder convencionales se debilitan y las modalidades de interacción entre los agentes deben redefinirse con urgencia.

No está claro cómo gestionar un mundo de abundancia. La abundancia de información liberada gracias a la revolución digital es un primer ejemplo de cómo se debilitan las estructuras de poder preexistentes, y de cómo deben cambiar los modelos de gestión y las estrategias de comunicación. Pero también es un ejemplo de cómo los sistemas de filtrado y control se convierten en imprescindibles. El problema, ahora, no es sólo de balance de poder (que se distribuye hacia multiplicidad de agentes), sino de cómo algunos de esos agentes pueden capturar parte de ese poder (o, al menos, generar flujos de influencia) mediante la emisión de información falsa. Ahora, el problema no es la falta de información, sino la abundancia de información fake, y sus ilimitadas e imprevisibles consecuencias.

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