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Creando una Deep Tech Nation

Estos días, cuando los fundadores de Google (Sergei Brin y Larry Page) abandonan sus posiciones ejecutivas en la corporación, es buen momento de recordar algo que usualmente ha pasado desapercibido: el origen del algoritmo de Google se remonta parcialmente a proyectos de investigación financiados públicamente, por la National Security Agency (NSA) y por la Central Intelligence Agency (CIA), en el marco de programas pioneros de tratamiento masivo de datos. Previamente, Sergei Brin había obtenido una beca de la National Science Foundation (NSF). El primer prototipo de Google, llamado BackRub, fue financiado por la Digital Libray Initiative de la propia NSF. Suele obviarse, en medio de la mítica bruma emprendedora del Valley, que Apple recibió ayudas de la Small Business Investment Company, o de la Small Business Innovation Research en sus orígenes. Por no recordar, como demostró Mariana Mazzucato en “El Estado Emprendedor”, que tras el iPhone existen doce tecnologías críticas financiadas por fondos públicos americanos. También Intel acudió a organismos públicos en sus orígenes. Y ha sido poco comentado que Tesla recibió un crédito público de 465 millones de dólares en 2010 del Departamento de Energía de EEUU para desarrollar una tecnología estratégica: almacenamiento de energía mediante baterías de alta densidad energética.

Hoy, esas cuatro corporaciones tienen unos ingresos conjuntos de unos 300.000 millones de dólares anuales, y su valor financiero supera los 1,5 billones. Contra el conventional wisdom, la mayor parte de las compañías deep tech tienen su origen en investigación pública, o en proyectos que por su nivel de riesgo y complejidad tecnológica obtuvieron ayudas públicas en sus fases más embrionarias. Hoy, muchas de esas compañías hacen ingeniería financiera para evitar pagar impuestos en EEUU y devolver, así, parte del valor creado a la sociedad que las impulsó.

Mazzucato postula que debería haber mecanismos de retorno alternativos a la fiscalidad. Imaginemos que el gobierno americano hubiera exigido contratos a sus fundadores (en el momento en que eran poco más que débiles e inmaduros emprendedores visionarios) por los cuales las ayudas públicas recibidas les comprometían a un 5% de royalties sobre las ventas de las empresas creadas. Un porcentaje de los ingresos creados por las empresas tecnológicas, de nuevo a la administración, si ésta ha apoyado la creación de estas compañías. Fondos que se reinvertirían en nuevas oleadas de jóvenes empresas deep tech.

Imaginemos un gobierno que lanza un programa Deep Tech Nation para apoyar financieramente, pongamos, 1.000 empresas de muy alta tecnología por año, surgidas de entornos científicos. Para apoyar a esos chicos que salen de la universidad con un buen doctorado y una gran idea de negocio. Supongamos que destinamos 100.000 € a cada empresa. Con 100 M€ se podría estructurar un programa absolutamente estratégico. Si la empresa fracasa, los recursos no se retornan. Pero si triunfa, se obtienen royalties de sus ventas por un periodo determinado. Imaginemos que 100 de cada 1.000 (un 10%) sobreviven y se consolidan. Y que una de cada 1.000 (un 0,1%, una por año) se convierte en una gran corporación tecnológica global. Con los fondos de retorno, se financian nuevas oleadas de startups. ¿No cambiaría este programa, radicalmente, la base empresarial de una nación? ¿No tendría unos efectos multiplicadores astronómicos, a un coste asumible para cualquier gobierno -100 M€?)

No es ciencia ficción. Esto es exactamente lo que hicieron Finlandia o Israel en los 90, con sus instrumentos de inversión Sitra o Yozma respectivamente, base de sus milagros económicos. Lo que, de un modo u otro ha estado haciendo EEUU siempre. Y lo que desde hace diez años hace China, mediante agresivos “fondos guía”, instrumentos de financiación early stage para empresas que operan con tecnologías estratégicas. Luego, una vez consolidado el terreno, acuden prestos los fondos de capital riesgo privados.

Postdata: Me dicen que Europa se está poniendo las pilas. Parece que Macron ha maniobrado para conseguir un importante comisionado industrial, donde ha situado a Thierry Breton, exministro francés de finanzas. Breton es un gran conocedor de la industria tecnológica (expresidente de Thomson, France Telecom y Atos, entre otros). Es francés (Francia jamás ha renunciado a la política industrial). Y su comisionado integrará políticas digitales, industria, espacio y seguridad. Es el momento de que Europa pierda la ingenuidad en sus políticas de competitividad. Los presupuestos, programas e instrumentos se definirán en el próximo año. ¿Un brizno de esperanza?

 

 

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