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El día después

Habrá un día después de la pandemia. Nos despertaremos, y la Covid será historia. Es de esperar que ese día dispare un periodo de euforia económica, una renovada belle-epoque. La recuperación dependerá del deterioro que el virus haya producido en los diferentes sectores. Pero la ilusión, la necesidad y el espíritu emprendedor serán los motores de una era de crecimiento. Veremos, no obstante, cuáles son los parámetros del nuevo mundo. Klaus Schwab nos habla de la urgencia de un “Gran Reset” de un sistema económico y social desequilibrado. Un sistema que, pese a nuestra percepción, no ha ido tan mal. Las pasadas navidades, New York Times declaraba 2019 como “el mejor año de la historia”. 325.000 personas tuvieron acceso a electricidad, 200.000 a agua corriente y 650.000 a internet, por primera vez. La mortalidad infantil cayó al 4%. La población en extrema pobreza (que en 1980 era del 42%), fue menos del 10% en 2019. Cada día de la pasada década, 170.000 personas eran extraídas de la miseria (de menos de dos dólares por día). Según Yuval Harari, antes de la pandemia, más gente moría por obesidad que por desnutrición; más por suicidios que por guerras, y más por envejecimiento que por enfermedades infecciosas.

Por primera vez en la historia, dispondremos de tecnología para resolver casi cualquier necesidad material del ser humano: información infinita, conocimiento accesible, datos, energía a coste decreciente, y procesos eficientes de producción de alimentos. Pero la revolución tecnológica actúa de forma asimétrica. Se crea riqueza como jamás antes, pero no se distribuye como sería deseable. En lugar de abundancia, el sistema extiende desigualdad. Una veintena de personas acumulan tanta riqueza como media humanidad. Corremos el riesgo de una recuperación en K (con grandes ganadores y grandes perdedores). En EEUU, los obreros empobrecidos votan a Trump. El globalismo (un concepto defendido por los demócratas americanos, pero dirigido por ecuaciones neoclásicas de mercado que dictaminaban la deslocalización en masa a Asia), se llevó por delante a buena parte de la industria americana y convirtió a un elitista milmillonario, Donald Trump, en ídolo de los antiguos trabajadores industriales. Según Steve Bannon, ex estratega en jefe de Trump, “hemos hecho del partido Republicano un nuevo partido obrero”. Las viejas claves políticas se retuercen bajo el prisma del nuevo tecnocapitalismo.

El cuadro global resultante dependerá del balance final de las elecciones americanas. Trump tiene a su favor su histriónico descaro, y un discurso proteccionista que gusta en tiempos de deseperanza. Pero, además, pese a la desastrosa gestión de la pandemia, puede acreditar buenos resultados económicos. Durante su mandato, el S&P 500 (el índice bursátil de las 500 mayores empresas americanas) ha incrementado un 50% su valor. La economía americana crecía al 2-3% antes de la pandemia, pese a los tipos de interés altos. El trumpismo ha sido pro-business, desregulador y generador de bajadas de impuestos masivas (especialmente a las empresas y a los más ricos). El paro, que había llegado al 10% en 2008, bajó a un mínimo del 3% justo antes de la pandemia (otra cosa es qué tipo de empleos se creaban: en EEUU había 40 millones de pobres antes de la Covid, 8 de los cuales eran “working poors”, trabajadores con salarios míseros). Y, pese a la beligerancia verbal y comercial con China, Trump no se ha visto envuelto en iniciativas bélicas mayores y ha conseguido algunos avances diplomáticos en Oriente Medio. Quizá los votantes de Trump despierten del sueño cuando se den cuenta de que sus empleos no se los ha llevado un trabajador vietnamita o mexicano, sino un algoritmo californiano.

En el otro extremo del mundo, la gran beneficiada del nuevo orden ha sido Asia. Siete economías asiáticas han crecido a más del 3,5% anual ininterrumpido durante 50 años. Sólo China ha sacado a más gente de la pobreza que todas las democracias occidentales desde la 2ª Guerra Mundial. El mundo post-Covid será Parque Jurásico. Un mundo de gigantes, con intensa competencia estratégica entre China y EEUU. La digitalización acelerada, y la política de estímulos de la Reserva Federal Americana ha llevado a máximos a las bolsas y, especialmente a las empresas tecnológicas. El valor de GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) ya equivale a la mitad del PIB americano. Hay ecos de la burbuja dotcom y temor a un gran big bang financiero que prolongue la recesión, aunque los nuevos líderes son infinitamente más sólidos que las balbuceantes startups de 2000. Tan sólidos y grandes que los demócratas de Joe Biden les acusan de prácticas monopolísticas ilegales y abogan por partir esas empresas en dos. Claro que, en este caso no se trata de repartirse refinerías y fábricas, como cuando Standard Oil fue obligada a dividirse. ¿Cómo diablos se parte en dos un algoritmo?

Como arietes de la nueva guerra fría se alzan las redes sociales: frente a un Facebook acusado de pro-Trump, un Tik-Tok de influencia china. Sospechas de datos de millones de americanos gestionados con propósitos políticos, que podrían alterar o deslegitimar peligrosamente los resultados de las elecciones. Frente a GAFAM, la gran plataforma de inteligencia artificial que es el sistema de innovación chino. Una cosa parece cierta: en el mundo del día después, la democracia cede ante la demagogia y la desinformación. Una generación de líderes grotescos emerge entre las grietas de la pobreza. Cuando la miseria llama a la puerta de las antiguas clases medias, el populismo y las fake news entran por la ventana.

Mientras, Europa se conjura para el día después con consignas decididas por la industria 4.0 y la competitividad tecnológica. ¿Toda Europa? No. En una remota península occidental de un planeta cuyo centro de gravedad económico y tecnológico ya está ya entre Shanghái y Seúl, el presidente Pedro Sánchez presentaba su Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. 140.000 millones que corren el riesgo de gestionarse con criterios más políticos que estratégicos, con excesiva fragmentación, y sin experiencia ni capacidad efectiva por exceso de lentitud y burocratización administrativa. Último billete al futuro, con ecos del plan E de Zapatero. Si destináramos sólo una décima parte de la energía emocional que destinamos a arreglar cuentas del pasado a preparar ese futuro, otro gallo cantaría.

 

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