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DESGLOBALIZACIÓN

La globalización no ha muerto, pero ha mutado significativamente. La inflación que estamos sufriendo se debe a la rotura de las cadenas de suministro globales. Del mismo modo que un desgarro de tejidos musculares genera inflamación, la fractura de las redes logísticas ha creado escasez y aumento de precios generalizado (al que se superponen otras causas, como la inyección de estímulos económicos por la pandemia). Ahora esas redes logísticas se están reajustando de acuerdo a nuevas claves económicas: en primer lugar, el transporte de mercancías de larga distancia mediante grandes buques repletos de contenedores ya no es barato y genera cuellos de botella. En segundo lugar, las factorías robotizadas son más independientes de la geografía y pueden reubicarse en economías avanzadas. Además, la configuración política del mundo es otra: China ya no es la gran fábrica global, sino un competidor formidable que quiere ser líder en todas las tecnologías y asegurar sus cadenas de suministro estratégicas. La pandemia nos enseñó de forma traumática la necesidad de tener autonomía en algunas de esas cadenas críticas. Sobre la vieja prioridad del bajo coste se superponen ahora otros factores de decisión: ¿queremos que partes esenciales de nuestras redes logísticas, tecnológicas o energéticas estén en manos de bloques autocráticos que se alzan frente a los países libres? La vieja globalización se sustentaba sobre un paradigma erróneo: el mundo no va a converger hacia un estándar único e internacional de democracia liberal y economía de mercado. No hemos triunfado. Impera la inestabilidad política. Incluso, la inestabilidad climática y sanitaria. El planeta se fragmenta en grandes bloques continentales (EEUU, Europa, China-Rusia) que deberán acumular su propia masa crítica tecnológica y asegurar su independencia productiva.

Este contexto tiene importantes implicaciones en estrategia corporativa: las empresas ya no buscarán el coste más barato, sino el “mejor” coste (que asegure la producción y distribución ininterrumpida). Reducirán su just-in-time (comprar instantáneamente, cuándo y cómo se necesite) y potenciarán el just-in-case (acumulación de inventarios estratégicos).  La resiliencia y la seguridad por encima de la eficiencia. The Economist habla de “teslificación” de la industria: tendencia (según el modelo Tesla) al control integral de la cadena de valor frente a la externalización guiada por costes que buscaba los resultados a corto plazo. Las empresas diversificarán sus proveedores, los seleccionarán mejor, con acuerdos de largo plazo, y los tendrán más cerca. Proximidad y fiabilidad. Como resultado, se reforzarán positivamente los clústeres territoriales y se acelerará la innovación de corta distancia (la confianza entre agentes acelera el ciclo innovador y lo hace más robusto a errores y disrupciones: desarrollar clústeres es crear confianza). La reglobalización, el reajuste continental y el reshoring (vuelta de actividades productivas a lugares de origen) reconcentrará la economía. Los clústeres locales ganarán masa crítica y serán más atractivos para el talento y nuevas inversiones. La especialización inteligente territorial definirá las ventajas comparativas del futuro. Todo ello no debe derivar en proteccionismo, pero sí en un rediseño de las redes logísticas y, especialmente, de las variables competitivas y de la ideología económica que nos han guiado durante 70 años.

Pero esto no tiene por qué ser negativo en el medio plazo. Las dos fuerzas que transforman el mundo, globalización y cambio tecnológico, se han desacoplado. El desajuste en el proceso globalizador está generando escasez e inflación. Pero el cambio tecnológico constituye una formidable fuerza liberadora de recursos, creadora de abundancia y deflactora de precios. Es paradójico que se hable de escasez en un momento en que la información y el conocimiento se expanden por el planeta gracias a redes digitales, cuando la eficiencia de la energía solar o de las baterías eléctricas crece exponencialmente, cuando se libera potencia computacional masiva a través de la nube, o cuando el precio de los procesos de síntesis de alimentación en laboratorio cae más rápidamente que la ley de Moore. Las fuerzas de fondo son esperanzadoras. Nos costará sangre, sudor y lágrimas, pero una vez reconfiguradas las cadenas de suministro serán más estables, más innovadoras y más próximas.  Y, aunque no nos lo parezca, se avecina una era dorada de I+D, estimulada por la competición estratégica entre China y EEUU, que tracciona los sistemas tecnológicos de todo el planeta. Las estratosféricas inversiones en I+D de países y corporaciones nos van a proporcionar un flujo masivo de tecnologías disruptivas, que van a llegar a nuestras vidas en los próximos años.

El Nobel Paul Romer ya lo dijo: “la tarea más importante en política económica es crear un entorno institucional que acelere el cambio tecnológico”. Europa puede salir reforzada si es capaz de integrarse y de crear ese entorno. En política económica, no todo es micro y macroeconomía. Hoy, más que nunca, también es tecnología. El desarrollo tecnológico debe integrarse como parte fundamental de la política económica. Recordemos nuestros retos: la economía española invierte un 1,42% en I+D sobre PIB. El gobierno marca como objetivo llegar al 2% en 2027. Hay poca ambición. Ese era el objetivo europeo para 2010 (y hay la convicción de que no lo vamos a conseguir). Vamos dos décadas tarde. Debemos pisar el acelerador. Si queremos una verdadera transformación económica, y jugar un rol en esta nueva globalización, en 2030 tendríamos que llegar al 3%. Disponemos de instrumentos como los Next Generation. Sin embargo, ¿qué pasará cuando acaben los fondos europeos? ¿Dejaremos en el aire proyectos que ahora se inician, como el PERTE de semiconductores? O ¿seremos capaces de construir nuevas estrategias acordes con los tiempos, que pivoten sobre la tecnología, y nos alejen de la pobreza? Necesitamos urgentemente una potente Estrategia Nacional de I+D de largo plazo, inmune al ciclo político, y que vertebre definitivamente nuestra política económica.

(Artículo publicado originalmente en La Vanguardia. Foto: NASA)

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