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El esfuerzo de una generación

China ha superado a EEUU en investigación científica, en cantidad y en calidad, según un reciente estudio del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Japón. Quizá esta sea la noticia más transcendental del verano, por lo que anticipa de cambio de las corrientes de fondo del poder global. Por primera vez en la historia reciente, un régimen no democrático se encamina a liderar el desarrollo científico en el mundo.  De ser cierto, sería un punto de inflexión histórico. No hace falta extendernos sobre las implicaciones de este hecho en productividad económica, control de los mercados, protección sanitaria, seguridad o defensa. Veremos cómo será el mundo que viene, y veremos si no nos arrepentimos de no habernos tomado en serio esto de la I+D.

China parece haber sobrepasado a EEUU en producción científica, destacando en campos como matemáticas, materiales avanzados o ingeniería. Casi un tercio de los artículos de mayor impacto (top 1%, aquéllos más susceptibles de generar premios nobel) se produce ya en China, alejándola de su tradicional imagen de “mala calidad”. Muchos argumentarán que estos datos son matizables. Pero lo cierto es que China, un actor científico irrelevante en 2010, ha protagonizado una disrupción sin precedentes en el escenario tecnológico global, un auténtico “ataque desde abajo”, desde posiciones claramente inferiores, en poco más de diez años. La inversión en I+D de la economía china ha crecido exponencialmente, desde la nada hasta una brutal cifra de más de $500.000 millones en dos décadas. China es hoy una apisonadora científica. Con una cuidadosa y disciplinada planificación estratégica, avanza decididamente hacia el control de la totalidad de tecnologías llamadas “habilitadoras” o “de uso genérico” por su importancia transversal en el conjunto de cadenas de suministro. China posee 186 de los 500 supercomputadores más potentes, frente a los 123 norteamericanos: máquinas críticas para simular procesos complejos como el cambio climático o para aplicaciones avanzadas en ingeniería, medicina, genética o criptografía. Despunta en inteligencia artificial, biotecnología, espacio o computación cuántica. Controla cadenas de suministro como las de las baterías eléctricas, y está dando pasos significativos en el dominio de los semiconductores. La política científica china es un subconjunto de su política económica y de competitividad, bien encajada en las mismas. Por ello se extiende del laboratorio a la fábrica, y florecen los campeones nacionales (como Huawei, líder en 5G). Xi Jinping, el líder chino, quiere crear un estado-incubadora soportado en tres ejes conectados: ciencia de frontera, industria avanzada y emprendimiento. Beijing es la segunda ciudad en número de unicornios (startups valoradas en más de $1.000 millones), sólo detrás de San Francisco.

Si las democracias occidentales no reaccionan, el dominio tecnológico chino será simplemente aplastante en muy pocos años. Por ello, el Congreso estadounidense ha aprobado la Chips and Science Act, un programa de $280.000 millones para estimular la I+D de su economía y contener la ofensiva china, en lo que Biden ha denominado “el esfuerzo de una generación”. Las universidades anglosajonas son baluartes de investigación de frontera: según el influyente ranking de Shanghái, entre las top 10 se encuentran ocho universidades estadounidenses, y dos británicas. Pero no hay ninguna de la UE. Miquel Molina se hacía eco en este diario: la irrelevancia de la investigación europea es alarmante en un contexto de pugna por el liderazgo global entre China y EEUU. Es cierto que esos rankings son controvertidos, y que miden básicamente las publicaciones científicas de alto impacto académico. Enfocándose en ellos, las universidades pueden dejar en segundo término la excelencia docente, o la transferencia de resultados a la sociedad y a la economía. Pero son un buen indicador de las prioridades estratégicas y de los modelos de gestión de los diferentes países. Y difícilmente Europa podrá mantener o exportar su modelo democrático, de bienestar social y de defensa de los derechos individuales sin una I+D a la altura, en la academia y en la industria. ¿Nos imaginamos la debilidad de Europa en un escenario de supremacía tecnológica china, con un Putin victorioso y un Trump reelegido? Yann LeCun, director de inteligencia artificial en Meta lanzaba un contundente mensaje en twitter: “¿Hola, EU? Despierta e invierte en I+D”. Es cuestión de urgente supervivencia.

En España, el sistema científico está burocratizado, infrafinanciado, sin prioridades estratégicas y desconectado del entorno industrial (y aun así, obtiene resultados de investigación notables). Por más que se sucedan los debates, las mesas redondas y los manifiestos, no hemos conseguido que la ciencia constituya el sistema nervioso central de nuestra economía. Parece que tampoco lo conseguiremos con los fondos Next Generation, sometidos a asfixiante lentitud administrativa. Esperemos que no acaben en convocatorias desiertas, en reformas urbanísticas o en irrelevantes convenios con entidades públicas. La política científica debería ser parte esencial de la política económica, como la política de innovación. Haciendo lo que siempre hemos hecho, conseguiremos lo que siempre hemos conseguido. Viendo el despertar de China, la reconfiguración de los núcleos de poder internacionales, y la carrera global por la I+D, pagaremos cara nuestra miopía estratégica.

Y, en medio de todo ello, nos enteramos de que el 97% de nuestros alumnos supera la selectividad, con profusión de notables y sobresalientes. Sin aprobados no hay paraíso. Aunque también hemos conocido que, en realidad, más de una quinta parte de los alumnos de 4º de ESO no obtienen los niveles mínimos en matemáticas e inglés, capacidades fundamentales para sobrevivir y prosperar en el mundo que se está dibujando. ¿Excelencia o mediocridad? ¿Un país de superdotados, o una irresponsabilidad educativa a gran escala con las generaciones futuras? El plácido mundo en que nacimos ya no existe. Las exigencias son otras. Necesitamos reformas en profundidad, en I+D y educación.

(Artículo inicialmente publicado en La Vanguardia. Foto: NASA)

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