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Un blog para los apasionados de la Innovación 6.0

¿Dónde están los liderazgos?

Estamos inmersos en una revolución tecnológica sin precedentes. En el momento de emergencia de tecnologías de gran potencial transformador (con la inteligencia artificial a la cabeza), el mundo se halla paralizado ante retos sin igual. Nos enfrentamos simultáneamente al cambio tecnológico, al cambio climático y al cambio demográfico. Se nos presenta un planeta envejecido, con estabilidad medioambiental amenazada, y sometido a un sorprendente ritmo de aceleración tecnológica. Las tensiones geopolíticas, en este contexto, se disparan. Sálvese quien pueda. Emergen retos y paradojas de difícil explicación. Nunca antes se había contado con los medios que existen ahora. Pero en plena revolución digital, la productividad parece haberse congelado. En la era de la abundancia tecnológica, los salarios se precarizan. Cuando la prosperidad podría propagarse a la práctica totalidad de las economías mundiales, se extiende la desigualdad y el populismo; y el escenario geopolítico parece más propio de principios del siglo XX que del XXI. ¿Futuro utópico o distópico?

Nos encontramos en una era de profundas turbulencias. Quizá es que, en el fondo, somos unos privilegiados: ha habido momentos en la historia en que se ha producido una acumulación de conocimiento tal, que ha revertido en profundos cambios económicos, sociales, y políticos. Pasó en la Grecia Clásica, en el Renacimiento y en el Siglo de las Luces. Quizá dentro de cien años, en perspectiva temporal, nuestros descendientes dictaminarán que la Era Digital fue, en el fondo, un nuevo Renacimiento. Y nos ha tocado vivir en él. En innovación, sabemos que los cambios se incuban lentamente, a veces durante años, pero se producen muy rápidamente. Es lo que se denomina “curva en S”. Periodos de estabilidad crean las condiciones para una reacción en cadena, y un salto a un nuevo paradigma tecnológico, que sienta las bases de un nuevo modelo económico y –quizás- social. Nuestra generación está saltando desde una vieja curva en S a otra nueva, que desconocemos. Está en nuestras manos diseñarla. Puede ser una nueva curva de abundancia, o de desigualdad. De prosperidad o de conflicto. Vivimos los momentos de confusión de una transición de magnitudes insólitas. Debemos ser capaces de liderar el cambio para convertir toda esta tremenda fuerza positiva de progreso (el ingente conocimiento y tecnología en nuestras manos) en un nuevo escenario de bienestar compartido. Jamás como antes la humanidad había tenido una oportunidad similar –ni una amenaza tan colosal-. ¿Funcionan las viejas estructuras de gobernanza? ¿Cómo es posible que en una era de retos globales –cambios tecnológicos, demográficos y climáticos-, que sólo se pueden afrontar con estrategias sinceras de cooperación global, se intenten dar respuestas parciales, cosméticas, corporativas y fragmentadas? ¿Dónde están los liderazgos? ¿Cómo es posible que la profunda penetración de los sistemas de información en la totalidad de los sectores de la economía no redunde en incrementos substanciales de productividad? ¿Por qué la innovación tecnológica extendida parece tener como resultado una sistemática precarización de los salarios? ¿Es la mitificada economía start-up, en realidad, una máquina de distribución de desigualdad?

Preguntas sin respuesta en la sociedad líquida, donde nada es verdad ni es mentira, sólo confusión generalizada. Globalización 4.0, la resultante del descalabro financiero de la última década que ha acabado con la confianza y la cooperación internacional, y que parece haber sido sólo la antesala de la siguiente convulsión de un sistema que no acaba de morir antes de ver las primeras luces de otro que no acaba de nacer. Muchas cosas no funcionan ya en el viejo modelo. Inyectamos sistemáticamente tecnología para transformar nuestros procesos productivos, pero no ganamos productividad. Como decía Peter Drucker, gran filósofo del management, “no hay nada tan inútil como hacer con eficiencia algo que no debería hacerse”. A lo mejor es que nuestras empresas, administraciones, y sistemas sociopolíticos, no están a tiempo ya abordar una verdadera transformación digital, sino que deben renacer digitalmente, con otros procesos, modelos de gestión, sistemas, culturas, y liderazgos. Quizá Walmart podía haber creado Amazon, pero no podía transformarse en Amazon. Ni Ford en Uber. Ni Disney en Netflix. Ni IBM en Google. Las discontinuidades son demasiado abruptas. A lo mejor hay que reinventar desde cero estructuras y estrategias, dando por imposible transformar las viejas, so pena de hacer más rápido y eficiente lo obsoleto. Habrá que coger un papel en blanco y dibujar de nuevo la totalidad del sistema, con los nuevos instrumentos tecnológicos al abasto, para hacerlo realmente útil y justo. No podemos ser pesimistas: los índices de desarrollo humano jamás han sido tan positivos. Las tasas de alfabetización, escolarización y vacunación crecen en todo el planeta. Vencemos enfermedades, y ganamos años de vida saludable. La mortalidad infantil y la pobreza extrema decrecen. Pero la nueva economía digital es tan capaz de generar riqueza como incapaz de distribuirla. Las antiguas clases medias se desvanecen, la renta per cápita se debilita y el sistema peligra por la debilidad de la demanda. Harari nos habla de la inevitable llegada de la automatización masiva, de la substitución de personas por máquinas y de la emergencia de la useless class. Ventana de oportunidad para populistas vendedores de soluciones fast food. Un escalofrío revolucionario recorre la espina dorsal de las viejas democracias liberales, mientras las autocracias parecen mucho mejor adaptadas al nuevo entorno. Y, en todo este magma de cambio, resurgen, angustiosas, preguntas fundamentales: ¿qué se hizo del sentido común? ¿Dónde están los liderazgos?

Publicado en La Vanguardia, 27/01/19

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